jueves, 14 de julio de 2016

Suicida


Caminaba despacio. Hendiendo la niebla con su rostro, húmedo y frío. Las farolas, apenas luciérnagas tímidas, formaban pequeñas islas de luz en la madrugada silenciosa. Su paso era firme, como de quien sabe dónde va. La capucha de su sudadera, perlada de pequeñas gotas, ocultaba una cabeza erguida, firme, resuelta.
A través de un laberinto de callejuelas sinuosas se acercaba al río, ya se olía su aroma, fétido y pastoso. Más por intuición que por poder ver por donde avanzaba llegó al puente. Todos dormían, aquella hora siempre le había gustado; la soledad y el silencio, junto con la ausencia de cielo, esta noche oculto por la bruma, le daban una sensación de calidez, de intimidad que disfrutaba con todos sus sentidos.
Comenzó a subir el suave arco que atravesaba el cauce. Pero algo se movía. Bajo el pálido y lechoso haz de luz de un farol, atinó a ver un bulto que subía la barandilla. Sus pupilas se expandieron y sus músculos se tensaron por los efectos de la adrenalina. ¡Alguien trataba de tirarse al río!
Corrió tanto como pudo, para llegar a agarrar en el último momento un cuerpo que le pareció pequeño y frágil. Entre gritos, llanto y forcejeos se debatía una joven, de no más de dieciocho años.
Después de un buen rato consiguió calmarla un poco, lo suficiente como para que pudiese hablar y oír. Él sabía que era fundamental que oyese, que las palabras llenasen el lugar que ahora ocupaban el dolor, la angustia y una mortal decisión.
Y habló, con la mayor dulzura que le permitía su voz ronca y rota. Habló de esperanza, de alegría, de amor que sin duda llegaría a su vida y sustituiría el que ella lloraba ahora. Habló de años de posibilidades y experiencias que le quedaban por descubrir; de seres queridos que irían llenando a su vida. De seres queridos que sufrirían si ella desaparecía, cuyas vidas se sumirían en la tristeza.
Entre sus brazos sintió aliviarse la tensión de aquel cuerpo, que poco a poco iba cayendo en la lasitud, en la calma tras la tormenta.
Por primera vez ella le miraba a los ojos mientras le oía en silencio, y lágrimas volvían a correr por sus mejillas, pero estas no eran de rabia ni desesperación sino de arrepentimiento, él las conocía.
Cuando estuvo dispuesta la soltó, hasta ese momento no había pronunciado ninguna palabra, la primera fue: gracias. Un
gracias tímido y quebrado al que él respondió con una sonrisa diciendo:
-¡Corre!, ahí (señaló al final del puente) hay una vida esperando, una vida que solo puede ser vivida por ti. Búscala.
Ella corrió, pero antes de perderse entre la niebla que ya comenzaba a disiparse, se volvió y le hizo un gesto con la temblorosa mano. Él se lo devolvió viéndola desaparecer.

Quitó la capucha de su cabeza, se atusó el cano pelo y cayeron sus hombros.
Descansó sus manos sobre la barandilla, sus ojos se fijaron en la corona solar que comenzaba a vislumbrarse en el horizonte, todo estaba en calma. Alzó su rostro para recibir los primeros rayos de Sol y las arrugas de expresión de su frente se suavizaron, aspiró profundamente el aire de la mañana y
saltó.